A lo largo de 200 años de historia política que tiene la Argentina la sociedad se
vio en reiteradas ocasiones inmersa en una fuerte división, creada por bandas
opositoras entre sí en busca del poder,
que desde un principio funcionó como
barrera para diferenciar y estigmatizar a todo aquel que fuera diferente, defendiera otros ideales, o simplemente
difiriera con el modelo de país que cada sector planteara. Esta situación dejó como consecuencia sectores oprimidos y otros que se vieron
favorecidos, pero el elemento que
influyó de la misma manera para todos fue la violencia.
Es posible referenciar estos hechos, con el
surgimiento de los Unitarios y Federales, como lo demuestra el texto “El Matadero”, donde las decisiones
políticas de Rosas delimitaron una franja
imaginaria pero fuerte entre quienes seguían sus ideales y defendían su
modelo de país Federal y quienes se
enfrentaban. Durante la historia se nota
el desprecio que ambos sectores se tenían entre sí, el odio y rencor que se
despertaba y junto con esto la forma en
que cada grupo de identificaba basándose
en “no ser lo que el otro es”. Las persecuciones, torturas y asesinatos
corrieron por parte de ambos sectores, sin embargo como una manera de lavar
culpas se escudaron justificando sus acciones con motivos de una causa política
y de ideales.
En cuanto a la violencia como elemento de daño psíquico, aparece el
personaje del escritor y periodista Rodolfo Walsh, el cual se vio obligado a
enfrentar una realidad oscura por la que el país atravesaba y sin dudarlo,
arriesgando su vida priorizó sus ideales, su lucha por contribuir a una
sociedad democrática, sintiéndose un actor social capaz de activar un cambio y
publicó lo que sabía sobre el régimen político que arrasaba con la vida
militante de la sociedad argentina.
Durante estos años, donde las fuerzas militares manejaban el país, la
política represora se basó en exterminar a todo aquel que se negara a aceptar
las medidas tomadas, o a desafiar el “orden social” que los militares querían
lograr. Rodolfo Walsh no hizo más que defender la libertad de expresión por la
que militaba diariamente llevando a cabo su oficio, buscó formas de abrir las mentes de aquellos
que estaban ciegos y servir de apoyo para quienes estaban oprimidos. Su causa
era justa, pero la historia política que el país arrastraba lo asesinó
buscando así silenciar sus palabras, sin
embargo lo que no imaginaron era que estaban convirtiéndolo en leyenda.
“El militante que puso el cuerpo” es un ejemplo de clases sociales favorecidas y oprimidas separadas por una amplia brecha. Durante la
crisis del año 2001, la Argentina se vio envuelta una vez más en un tráfico de
prejuicios generado por el desorden político que administraba el país. La clase
baja se encontraba perjudicada por la crisis económica y existía una gran
mayoría desocupada. Esta clase, la trabajadora,
que desde el principio fue mirada con recelo por los sectores más altos
de la sociedad, reclamaba sus derechos y condiciones mínimas para vivir el día
a día. Pedía que se tenga en cuenta
que el único modelo de país
eficaz sería el que tenga como punto más importante lograr
igualdad de condiciones para todos los habitantes de la sociedad. Los intereses privados siempre fueron más
fuertes, por lo que la clase trabajadora fue reprimida y esa tarde es cuando
Darío Santillán, un joven militante de
21 años pone su cuerpo a las injusticias, a la diferencia que los grandes
sectores hegemónicos generaban, al
sentido que los medios de comunicación creaban acerca de los hechos justos por
los cuales ellos luchaban, y a las balas que las fuerzas policiales bonaerenses
repartieron sin considerar la realidad
que esos militantes estaban viviendo, hasta terminar con su vida.
No habrá más penas ni olvido, es una novela escrita por
Osvaldo Soriano, y relata la historia de una lucha entre habitantes de un
pueblo que se califican así mismos como peronistas pero divididos en dos
amplios sectores internos, el peronismo de derecha y el peronismo de izquierda.
La pelea se da bajo la idea de averiguar “quien era más peronista que otro” y
acá se retoma la idea de identificarse con “lo que el otro no es”. Durante la historia se desarrolla una pelea
que termina con calles incendiadas, gente secuestrada, amenazas de muerte, todo
eso por el simple motivo de no
coincidir, tener ideas diferentes a las ordenadas por los sectores que gobiernan.
La violencia no se hizo presente solo en forma física sino
que desde los primeros años de política represora en el país, existieron miles
de habitantes que sufrieron del exilio, el cual es necesario categorizarlo
dentro del producto social que es la violencia por el hecho de que implica un acto en contra de la voluntad de
perjudicado, una escapatoria como única
solución debiendo abandonar su tierra
para sobrevivir. El gaucho Martin Fierro
es un claro ejemplo de un personaje que sufrió y soportó el dolor de tener que
abandonar su lugar, su familia, su vida, por el hecho de pertenecer a la clase
social discriminada de la época, el
gaucho, por la supuesta falta de compromiso con la causa que el sector político
de turno llevaba a cabo. Martín Fierro decide huir para refugiarse y exiliarse lejos ya que la
guerra con el indio era cada vez más intensa y peligrosa.
Por otro lado se encuentra el texto La casa de los conejos,
relatado desde la visión de una niña hija de una pareja de montoneros, víctimas
de la violencia represora del proceso militar, la cual cuenta una vez más la
historia de quienes buscaron una salida para transmitir por medio de un diario
llamado “Evita Montero” que se producía en una casa en la ciudad de La Plata
donde supuestamente funcionaba un criadero de conejos. Ese grupo de resistencia obligada, por
pertenecer al grupo opositor al que manejaba la política argentina fue acabada luego de que la casa fuera bombardeada
por miembros del servicio militar. La niña y su madre se vieron en el apuro de
exiliarse en París para evitar torturas, desaparición o la muerte.
A pesar de ser un país joven por tener solo 200 años de
historia, en la Argentina surgieron miles de focos revolucionarios que decidieron defender derechos colectivos y
no jugar con intereses privados, sin embargo solo unos pocos casos fueron
quienes llegaron a perdurar en el tiempo y lograr un impacto social. La única reflexión que queda
es preguntarse hasta que nivel de enfrentamiento es posible llegar, cuantos
inocentes que pierden, cuantos
desaparecidos y cuántas muertes más será necesarias para que la sociedad argentina aprenda a solucionar sus diferencias
ideológicas desde otro punto que no sea la violencia.
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