jueves, 22 de noviembre de 2012


Alrededor todo  lo que se ven son colores oscuros, tierra, restos de una ciudad que en un momento fue hermosa, con sus árboles dando sombra en verano y las flores de colores que alegraban la vista y estimulaban los sentidos de los habitantes. Ese recuerdo quedó lejos, por lo que era necesario remontarse a unos 3 o 4 años  atrás para entender por qué la imagen que los ojos de Marcus veían y como contrastaban tanto como los que tenía en sus recuerdos.
Al horizonte se podía ver el fin del camino, marcado por un alto muro que cortaba el paisaje en dos, hasta ese lugar  todo era triste y gris, del otro lado solo podía contar lo poco que había visto al treparse una o dos veces cuando logró burlar a los guardias. Había colores, gente riendo seguramente gracias a las pocas preocupaciones que tendrían pensó él, pues “el muro” parecía un paraíso al que por supuesto él y muchos otros habitantes no eran bienvenidos.
Todo había comenzado con las últimas elecciones  a las que habían asistido con el derecho a pertenecer democráticamente de una sociedad casi del todo uniforme, que tuvo como resultado el ascenso al poder de un hombre oscuro el cual se hacía llamar “El profesor”. Había estudiado ciencias de la comunicación en algún lugar muy prestigioso de Europa, y venía con ideas de cambio, eso es lo que afirmaba. Decía que en la sociedad hacía falta un cambio abrupto para empezar de nuevo, sin violencia, maltratos o inseguridad.
De  pronto, casi sin darse cuenta la televisión había empezado a arrojar spots publicitarios sobre un “paraíso terrenal que albergaría a los mejores y más aptos” que quisieran oportunidades de vida diferentes. Muchos se entusiasmaron,  comprendieron la noticia como una posibilidad para el para escapar a los problemas cotidianos, para avanzar como sociedad y convertirse en una más del llamado “Primer mundo”. Lo que no muchos pensaron  y era lo que tanto enojaba a Marcus, era que en ese revuelo por ser seleccionado habría gente que quedaría fuera de ese sistema que “El Profesor” planteaba, discriminados, sin las mismas oportunidades que el resto tendría, olvidados tras un muro que separaba realidades, o mejor dicho la realidad que solo unos pocos podían ver.

Las selecciones comenzaron, los criterios eran sencillos: Nivel adquisitivo de familia medio –alto. Con la felicidad de quienes mejor pasaban sus días, nadie se acordaba de ellos, la clase baja. La que trabajaba y sacaba adelante todos los días esa sociedad.  Pasaron a ser un elemento más del paisaje hasta que la revolución comenzó. Se organizaron manifestaciones para ser escuchados y que el resto, los que estaban del otro lado del muro, notaran que una gran parte estaba quedando afuera, pero el intento por hacer oír sus voces fue en vano. Los medios y el poder político se habían encargado de crear una brecha bien ancha que diferencie a los aptos y a quienes no lo eran,  el terror se había sembrado poco a poco, haciéndolos ver como salvajes  que intentaban romper con sus sueños.
Lo que nadie escuchaba es que ellos reclamaban igualdad. Las represiones comenzaron, la guerra civil en  el sector apartado de la ex ciudad se había vuelto un hecho y desde afuera del muro veían como todo se caía a pedazos, como ese espacio en el que habían vivido por casi toda una vida se había vuelto un escenario de pelea, desigualdad y olvido. Para Marcus no quedaba más que seguir adelante con su lucha día a día, no porque creyera que la situación se iba a revertir, sino porque a su entender esa era la única manera de no desaparecer, resistiendo.

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