Alrededor todo lo que
se ven son colores oscuros, tierra, restos de una ciudad que en un momento fue
hermosa, con sus árboles dando sombra en verano y las flores de colores que
alegraban la vista y estimulaban los sentidos de los habitantes. Ese recuerdo
quedó lejos, por lo que era necesario remontarse a unos 3 o 4 años atrás para entender por qué la imagen que los
ojos de Marcus veían y como contrastaban tanto como los que tenía en sus
recuerdos.
Al horizonte se podía ver el fin del camino, marcado por un
alto muro que cortaba el paisaje en dos, hasta ese lugar todo era triste y gris, del otro lado solo
podía contar lo poco que había visto al treparse una o dos veces cuando logró
burlar a los guardias. Había colores, gente riendo seguramente gracias a las
pocas preocupaciones que tendrían pensó él, pues “el muro” parecía un paraíso
al que por supuesto él y muchos otros habitantes no eran bienvenidos.
Todo había comenzado con las últimas elecciones a las que habían asistido con el derecho a
pertenecer democráticamente de una sociedad casi del todo uniforme, que tuvo
como resultado el ascenso al poder de un hombre oscuro el cual se hacía llamar “El
profesor”. Había estudiado ciencias de la comunicación en algún lugar muy
prestigioso de Europa, y venía con ideas de cambio, eso es lo que afirmaba. Decía que en la sociedad hacía falta un cambio abrupto para empezar de nuevo,
sin violencia, maltratos o inseguridad.
De pronto, casi sin
darse cuenta la televisión había empezado a arrojar spots publicitarios sobre
un “paraíso terrenal que albergaría a los mejores y más aptos” que quisieran
oportunidades de vida diferentes. Muchos se entusiasmaron, comprendieron la noticia como una posibilidad
para el para escapar a los problemas cotidianos, para avanzar como sociedad y
convertirse en una más del llamado “Primer mundo”. Lo que no muchos
pensaron y era lo que tanto enojaba a
Marcus, era que en ese revuelo por ser seleccionado habría gente que quedaría
fuera de ese sistema que “El Profesor” planteaba, discriminados, sin las mismas oportunidades que el resto tendría, olvidados tras un muro que separaba
realidades, o mejor dicho la realidad que solo unos pocos podían ver.
Las selecciones comenzaron, los criterios eran sencillos: Nivel
adquisitivo de familia medio –alto. Con la felicidad de quienes mejor pasaban
sus días, nadie se acordaba de ellos, la clase baja. La que trabajaba y sacaba
adelante todos los días esa sociedad.
Pasaron a ser un elemento más del paisaje hasta que la revolución comenzó.
Se organizaron manifestaciones para ser escuchados y que el resto, los que
estaban del otro lado del muro, notaran que una gran parte estaba quedando
afuera, pero el intento por hacer oír sus voces fue en vano. Los medios y el
poder político se habían encargado de crear una brecha bien ancha que
diferencie a los aptos y a quienes no lo eran,
el terror se había sembrado poco a poco, haciéndolos ver como salvajes que intentaban romper con sus sueños.
Lo que nadie escuchaba es que ellos reclamaban igualdad. Las
represiones comenzaron, la guerra civil en
el sector apartado de la ex ciudad se había vuelto un hecho y desde
afuera del muro veían como todo se caía a pedazos, como ese espacio en el que
habían vivido por casi toda una vida se había vuelto un escenario de pelea,
desigualdad y olvido. Para Marcus no quedaba más que seguir adelante con su lucha día a día,
no porque creyera que la situación se iba a revertir, sino porque a su entender
esa era la única manera de no desaparecer, resistiendo.

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