jueves, 22 de noviembre de 2012

 Desde los comienzos de la historia política Argentina,  existieron bloques opositores intolerantes entre sí (unitarios y federales, peronistas y radicales o antiperonistas,  militares y militantes), los cuales defendían ideales que coincidían con el modelo de país que tenían en mente.
Si bien estos grupos estaban liderados generalmente por personas muy capaces y seguras de lo que buscaban, la forma en que intentaron imponer sus pensamientos no fue la correcta, sino la más rápida y errónea. Desde siempre los conflictos se solucionaron a través de la violencia física y psicológica. Las luchas que se levantaron en nombre de la patria fueron en varios casos las masacres más imponentes de la historia Argentina. Lo fue tanto la guerra con el Indio, como el proceso de dictadura o la eterna guerra entre Unitarios y Federales. Lejos de tener en cuenta la forma en que la sociedad  sufre las consecuencias de las medidas tomadas dentro de una oficina, las clases políticas siguen haciendo y deshaciendo a su gusto con el fin de priorizar sus intereses privados.
Esta situación trajo descontentos en sectores de resistencia que se opusieron y enfrentaron terminando en guerras civiles que lo único que hicieron fue devastar la sociedad y abrir más la brecha de intolerancia y rencor que existe entre un grupo y el otro


Alrededor todo  lo que se ven son colores oscuros, tierra, restos de una ciudad que en un momento fue hermosa, con sus árboles dando sombra en verano y las flores de colores que alegraban la vista y estimulaban los sentidos de los habitantes. Ese recuerdo quedó lejos, por lo que era necesario remontarse a unos 3 o 4 años  atrás para entender por qué la imagen que los ojos de Marcus veían y como contrastaban tanto como los que tenía en sus recuerdos.
Al horizonte se podía ver el fin del camino, marcado por un alto muro que cortaba el paisaje en dos, hasta ese lugar  todo era triste y gris, del otro lado solo podía contar lo poco que había visto al treparse una o dos veces cuando logró burlar a los guardias. Había colores, gente riendo seguramente gracias a las pocas preocupaciones que tendrían pensó él, pues “el muro” parecía un paraíso al que por supuesto él y muchos otros habitantes no eran bienvenidos.
Todo había comenzado con las últimas elecciones  a las que habían asistido con el derecho a pertenecer democráticamente de una sociedad casi del todo uniforme, que tuvo como resultado el ascenso al poder de un hombre oscuro el cual se hacía llamar “El profesor”. Había estudiado ciencias de la comunicación en algún lugar muy prestigioso de Europa, y venía con ideas de cambio, eso es lo que afirmaba. Decía que en la sociedad hacía falta un cambio abrupto para empezar de nuevo, sin violencia, maltratos o inseguridad.
De  pronto, casi sin darse cuenta la televisión había empezado a arrojar spots publicitarios sobre un “paraíso terrenal que albergaría a los mejores y más aptos” que quisieran oportunidades de vida diferentes. Muchos se entusiasmaron,  comprendieron la noticia como una posibilidad para el para escapar a los problemas cotidianos, para avanzar como sociedad y convertirse en una más del llamado “Primer mundo”. Lo que no muchos pensaron  y era lo que tanto enojaba a Marcus, era que en ese revuelo por ser seleccionado habría gente que quedaría fuera de ese sistema que “El Profesor” planteaba, discriminados, sin las mismas oportunidades que el resto tendría, olvidados tras un muro que separaba realidades, o mejor dicho la realidad que solo unos pocos podían ver.

Las selecciones comenzaron, los criterios eran sencillos: Nivel adquisitivo de familia medio –alto. Con la felicidad de quienes mejor pasaban sus días, nadie se acordaba de ellos, la clase baja. La que trabajaba y sacaba adelante todos los días esa sociedad.  Pasaron a ser un elemento más del paisaje hasta que la revolución comenzó. Se organizaron manifestaciones para ser escuchados y que el resto, los que estaban del otro lado del muro, notaran que una gran parte estaba quedando afuera, pero el intento por hacer oír sus voces fue en vano. Los medios y el poder político se habían encargado de crear una brecha bien ancha que diferencie a los aptos y a quienes no lo eran,  el terror se había sembrado poco a poco, haciéndolos ver como salvajes  que intentaban romper con sus sueños.
Lo que nadie escuchaba es que ellos reclamaban igualdad. Las represiones comenzaron, la guerra civil en  el sector apartado de la ex ciudad se había vuelto un hecho y desde afuera del muro veían como todo se caía a pedazos, como ese espacio en el que habían vivido por casi toda una vida se había vuelto un escenario de pelea, desigualdad y olvido. Para Marcus no quedaba más que seguir adelante con su lucha día a día, no porque creyera que la situación se iba a revertir, sino porque a su entender esa era la única manera de no desaparecer, resistiendo.

A lo largo de 200 años de historia  política que tiene la Argentina la sociedad se vio en reiteradas ocasiones inmersa en una fuerte división, creada por bandas opositoras  entre sí en busca del poder, que  desde un principio funcionó como barrera para diferenciar y estigmatizar a todo aquel que fuera diferente,  defendiera otros ideales, o simplemente difiriera con el modelo de país que cada sector planteara.  Esta situación dejó como consecuencia  sectores oprimidos y otros que se vieron favorecidos, pero  el elemento que influyó de la misma manera para todos fue la violencia.
Es posible referenciar estos hechos,  con el surgimiento de los Unitarios y Federales, como lo demuestra  el texto “El Matadero”, donde las decisiones políticas de Rosas delimitaron una franja  imaginaria pero fuerte entre quienes seguían sus ideales y defendían su modelo de país  Federal y quienes se enfrentaban. Durante  la historia se nota el desprecio que ambos sectores se tenían entre sí, el odio y rencor que se despertaba y  junto con esto la forma en que  cada grupo de identificaba basándose en “no ser lo que el otro es”. Las persecuciones, torturas y asesinatos corrieron por parte de ambos sectores, sin embargo como una manera de lavar culpas se escudaron justificando sus acciones con motivos de una causa política y de ideales.
En cuanto a la violencia como  elemento de daño psíquico, aparece el personaje del escritor y periodista Rodolfo Walsh, el cual se vio obligado a enfrentar una realidad oscura por la que el país atravesaba y sin dudarlo, arriesgando su vida priorizó sus ideales, su lucha por contribuir a una sociedad democrática, sintiéndose un actor social capaz de activar un cambio y publicó lo que sabía sobre el régimen político que arrasaba con la vida militante de la sociedad argentina.   Durante estos años, donde las fuerzas militares manejaban el país, la política represora se basó en exterminar a todo aquel que se negara a aceptar las medidas tomadas, o a desafiar el “orden social” que los militares querían lograr. Rodolfo Walsh no hizo más que defender la libertad de expresión por la que militaba diariamente llevando a cabo su oficio,  buscó formas de abrir las mentes de aquellos que estaban ciegos y servir de apoyo para quienes estaban oprimidos. Su causa era justa, pero la historia política que el país arrastraba lo asesinó buscando  así silenciar sus palabras, sin embargo lo que no imaginaron era que estaban convirtiéndolo en leyenda.
“El militante que puso el cuerpo”  es un ejemplo de  clases sociales favorecidas y oprimidas  separadas por una amplia brecha. Durante la crisis del año 2001, la Argentina se vio envuelta una vez más en un tráfico de prejuicios generado por el desorden político que administraba el país. La clase baja se encontraba perjudicada por la crisis económica y existía una gran mayoría desocupada. Esta clase, la trabajadora,  que desde el principio fue mirada con recelo por los sectores más altos de la sociedad, reclamaba sus derechos y condiciones mínimas para vivir el día a día. Pedía que se tenga en cuenta  que  el único modelo de país eficaz  sería el que  tenga como punto más importante lograr igualdad de condiciones para todos los habitantes de la sociedad.  Los intereses privados siempre fueron más fuertes, por lo que la clase trabajadora fue reprimida y esa tarde es cuando Darío Santillán, un  joven militante de 21 años pone su cuerpo a las injusticias, a la diferencia que los grandes sectores hegemónicos  generaban, al sentido que los medios de comunicación creaban acerca de los hechos justos por los cuales ellos luchaban, y a las balas que las fuerzas policiales bonaerenses repartieron  sin considerar la realidad que esos militantes estaban viviendo, hasta terminar con su vida.
No habrá más penas ni olvido, es una novela escrita por Osvaldo Soriano, y relata la historia de una lucha entre habitantes de un pueblo que se califican así mismos como peronistas pero divididos en dos amplios sectores internos, el peronismo de derecha y el peronismo de izquierda. La pelea se da bajo la idea de averiguar “quien era más peronista que otro” y acá se retoma la idea de identificarse con “lo que el otro no es”.  Durante la historia se desarrolla una pelea que termina con calles incendiadas, gente secuestrada, amenazas de muerte, todo eso por el  simple motivo de no coincidir, tener ideas diferentes a las ordenadas por los sectores  que gobiernan.
La violencia no se hizo presente solo en forma física sino que desde los primeros años de política represora en el país, existieron miles de habitantes que sufrieron del exilio, el cual es necesario categorizarlo dentro del producto social que es la violencia por el hecho de que  implica un acto en contra de la voluntad de perjudicado, una escapatoria  como única solución debiendo abandonar  su tierra para sobrevivir.  El gaucho Martin Fierro es un claro ejemplo de un personaje que sufrió y soportó el dolor de tener que abandonar su lugar, su familia, su vida, por el hecho de pertenecer a la clase social discriminada de la época,  el gaucho, por la supuesta falta de compromiso con la causa que el sector político de turno llevaba a cabo. Martín Fierro decide huir  para refugiarse y exiliarse lejos ya que la guerra con el indio era cada vez más intensa y peligrosa.
Por otro lado se encuentra el texto La casa de los conejos, relatado desde la visión de una niña hija de una pareja de montoneros, víctimas de la violencia represora del proceso militar, la cual cuenta una vez más la historia de quienes buscaron una salida para transmitir por medio de un diario llamado “Evita Montero” que se producía en una casa en la ciudad de La Plata donde supuestamente funcionaba un criadero de conejos.  Ese grupo de resistencia obligada, por pertenecer al grupo opositor al que manejaba la política argentina fue  acabada luego de que la casa fuera bombardeada por miembros del servicio militar. La niña y su madre se vieron en el apuro de exiliarse en París para evitar torturas, desaparición o la muerte.
A pesar de ser un país joven por tener solo 200 años de historia,  en la Argentina  surgieron miles de focos revolucionarios  que decidieron defender derechos colectivos y no jugar con intereses privados, sin embargo solo unos pocos casos fueron quienes llegaron a perdurar en el tiempo y lograr un  impacto social. La única reflexión que queda es preguntarse hasta que nivel de enfrentamiento es posible llegar, cuantos inocentes  que pierden, cuantos desaparecidos y cuántas muertes más será necesarias para que la sociedad  argentina aprenda a solucionar sus diferencias ideológicas desde otro punto que no sea la violencia.