Desde los comienzos
de la historia política Argentina,
existieron bloques opositores intolerantes entre sí (unitarios y federales,
peronistas y radicales o antiperonistas,
militares y militantes), los cuales defendían ideales que coincidían con
el modelo de país que tenían en mente.
Si bien estos grupos estaban liderados generalmente por
personas muy capaces y seguras de lo que buscaban, la forma en que intentaron
imponer sus pensamientos no fue la correcta, sino la más rápida y errónea.
Desde siempre los conflictos se solucionaron a través de la violencia física y
psicológica. Las luchas que se levantaron en nombre de la patria fueron en
varios casos las masacres más imponentes de la historia Argentina. Lo fue tanto
la guerra con el Indio, como el proceso de dictadura o la eterna guerra entre
Unitarios y Federales. Lejos de tener en cuenta la forma en que la sociedad sufre las consecuencias de las medidas tomadas
dentro de una oficina, las clases políticas siguen haciendo y deshaciendo a su
gusto con el fin de priorizar sus intereses privados.
Esta situación trajo descontentos en sectores de resistencia
que se opusieron y enfrentaron terminando en guerras civiles que lo único que
hicieron fue devastar la sociedad y abrir más la brecha de intolerancia y rencor
que existe entre un grupo y el otro
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